miércoles, 25 de agosto de 2010

Comienzo


Cada vez que iba a visitarla se me achicaba el ánimo, la veía allí en su sillón, ausente....., estaba sola durante sus noches y  la mayor parte de sus días.  Mi hermana dedicaba diariamente 120 minutos de su tiempo que cronometraba en su reloj digital de pulsera chino que activaba cuando cerraba la puerta de su casa, -siempre he pensado que tanta tecnología nos oprime el alma-, yo siempre le decía que tenía que empezar a cronometrarlo cuando estuviera abriendo la puerta de la casa de madre, pero jamás lo hizo. Era de un rígido egoísmo.

-      He decidido que iba a dedicarle esos minutos de mi tiempo a mamá, ¡Cada día! y eso es lo que hago, es muy fácil opinar cuando se está a cientos de kilómetros y vienes aquí un par de días y todo lo criticas, ¡criticona!
-      No entiendo por qué tienes que cronometrar cuando vienes a ver a mamá y el resto de tu tiempo no.
-      Porque esto es una obligación y sólo cronometro las obligaciones, las devociones que también las tengo, no las cronometro.

Era inquebrantable en su planteamiento y se acercaba  a la hora del almuerzo para hacerle la comida y comer con ella. Mi madre le daba el dinero para que comprara en la plaza. A mi hermana -no sé cómo se las arregla-, todo el mundo le da dinero, le da dinero su novio, le doy dinero yo, poco,  he de confesarlo, pero porque yo ando un poco justa.  Le da dinero mi madre y hasta creo que le dan dinero sus hijos. A mi no me da dinero nadie, a no ser cuando trabajo.

Mi hermana preparaba la comida, hablaban poco,  miraban la televisión,  eso era todo. Claro que algunas veces iban a verla sus nietos entonces ella disfrutaba porque siempre le ha gustado mucho hablar y dejar que su imaginación se enseñoreara del lugar y campeara por el espacio vacío de la habitación dando revuelcos y tropezones. Provocando nuestra risa. Ella reía y creo que sabía que las historias que nos contaba provenían de un rinconcito de la fantasía de su infancia inventada, que no tuvo...
- Cuando yo era pequeña tenía una trenza que me llegaba a la cintura, ¡tenía una mata de pelo...!, la envidia de la calle,  me peinaba una vez a la semana, porque me lavaba poco, había poca agua en la casa, ¡claro que tenía piojos! , pero se escondían por en medio de la trenza y a mí me dejaban tranquila....

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